No es un caso aislado

No es un caso aislado. Cuando los europeos llegaron a América, la civilización maya hacía
muchos años que se había extinguido. Un apunte: lo de que la civilización se acabó cuando llegaron
los españoles fue una cantada de Mel Gibson en Apocalypto, puesto que el colapso ocurrió entre el
año 800 y el 1000 d. C., medio milenio antes de que llegara Hernán Cortés. Durante mucho tiempo se
pensó que este fin fue debido a diferentes factores, incluyendo guerras y epidemias. Sin embargo, hay
evidencias de que pudo haber sido por una sequía, porque los datos paleoclimáticos sugieren que
hubo un período de entre cuarenta y cincuenta años extremadamente seco, que curiosamente
coincidió en tiempo y en lugar con el declive de la civilización. A principios de 2013, un estudio
también publicado en Science estimó, a través del análisis de una estalagmita de unos dos mil años de
una cueva del sur de Belice, las lluvias históricas en las tierras bajas mayas midiendo isótopos de
oxígeno incorporados a la estalagmita a través del agua de lluvia que se filtró a la cueva. Entre el año
440 y el 660 d. C. hubo un gran incremento de población que coincidió con un período de lluvias. Y a
partir de 660 empiezan a cesar las lluvias. El primer síntoma de la crisis fue la proliferación de
monumentos a diferentes gobernantes…, señal inequívoca de una alta tasa de recambio de personas en
el poder.4 Es gracioso pensar que en el año 2012 mucha gente creyó que los mayas eran capaces de
predecir el fin del mundo, cuando en realidad ni siquiera fueron capaces de predecir el fin de su
sociedad. Puestos a ser prácticos, mejor les hubiera venido tener un buen climatólogo y varios
ingenieros agrónomos en vez de tanto almanaque.
No siempre la sequía es lo que puede acabar con la agricultura. La primera civilización urbana,
Mesopotamia, desapareció porque se salinizaron los campos de cultivo por un excesivo riego.
Arqueológicamente se ha podido trazar cómo cada vez iban sembrando cereales menos productivos
pero más tolerantes a la sal y a las malas condiciones, hasta que llegó un momento en que el
suministro de alimentos no fue suficiente.5 Incluso en climas más lluviosos, una mala gestión
agrícola puede a veces tener consecuencias nefastas. La grandiosa ciudad de Angkor Vat, en
Camboya, se despobló cuando los sistemas de canalización dejaron de ser viables porque se
taponaron debido a una mala gestión y un mal mantenimiento. Y si alguien todavía duda de que toda
civilización se basa en la capacidad de producir y distribuir alimentos, solo tiene que ver cómo
funcionan las escasas sociedades que en pleno siglo XX todavía viven como cazadores recolectores.
Quedan algunas en la Amazonia, en África o en Nueva Guinea. Por ejemplo, los hadza de Tanzania.
Viven de lo que cazan y de forma nómada. Uno de cada cinco niños muere antes del primer año y la
mitad de los niños nacidos no llegan a los quince años. Caerse de un árbol, una caries o una
apendicitis puede suponer una condena a muerte.6 Es un estilo de vida muy natural, pero por el que no
me cambio. Por cierto, el título de este apartado («Sine agricultura nihil») significa «nada sin
agricultura» en latín. Es el lema de la Escuela de Agrónomos de Madrid. Pocas veces tres palabras
han almacenado tanta verdad.

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